miércoles, 22 de febrero de 2017

Vademecum Tango

Los alumnos de 4º ESO A del IES Andrés Benítez hablan sobre algunos latinismos en clase y cantan una divertida canción formada con distintos latinismos. 


TEMA 6. LA ORATORIA ROMANA Y LA RETÓRICA (CICERÓN, QUINTILIANO)

1. Introducción.

1.1. Definición.

Se definía la oratoria como el arte de la persuasión por medio de la palabra. En el sistema político republicano, donde había la libertad suficiente de palabra y el sistema judicial tenía cierta independencia, este género literario constituyó una de las manifestaciones más originales y fecundas del genio romano. Tenía una doble aplicación:

- El dominio de los resortes de la oratoria era el medio más eficaz de imponer la propia voluntad y de tener el mayor ascendiente sobre una masa que no sabe leer ni escribir. El buen orador tiene una poderosa arma política en sus manos, ya que por medio de este arte puede conseguir los votos de los ciudadanos e inclinar a su favor la voluntad del Senado.

- La oratoria era imprescindible en las causas judiciales, donde el abogado debía inclinar en favor de su cliente la voluntad de los jueces. Cuando en la época imperial dejaron de existir la libertad política y la independencia judicial, la oratoria se convirtió en actividad aúlica, en un género literario ejercitado solo en el marco de las escuelas.

1.2 Técnicas oratorias.

La oratoria llegó a ser uno de los géneros literarios más evolucionados, principalmente a partir del influjo que recibió de Grecia, como los demás géneros literarios, a partir del siglo II a.C. Las técnicas de la oratoria -la retórica- eran enseñadas en las escuelas por los rétores en el grado que, con terminología actual, se podría llamar enseñanza superior. Pero las principales escuelas de retórica estaban en Grecia (Atenas, Rodas), a donde acudían los jóvenes privilegiados de la sociedad romana.

Desde el punto de vista literario había tres tendencias o escuelas en el arte de la palabra:

- Escuela aticista: defendía la sobriedad y la concisión en el discurso a la manera de Lisias. En Roma está representada por L. Calvo (82-47), D. Junio Bruto (85-42) y Catón de Útica (95-46). Respondía esta tendencia a una concepción de la lengua como un sistema acabado e inmutable: "huye de la palabra nueva como de un escollo", decía César en su obra sobre gramática De analogia.

- Escuela asianista: por el contrario, esta escuela era partidaria de la abundancia, amplitud, fogosidad y estilo florido. Inspirada por los rétores de Asia Menor, Hortensio (114-50) es el principal representante en Roma. Esta tendencia consideraba la lengua como un sistema abierto, a la manera de un organismo vivo que crece e incorpora nuevos elementos.

- Escuela rodia: manteniendo la amplitud, abundancia y brillantez del discurso, busca el equilibrio y el gusto. El principal representante en Grecia es Molón de Rodas, y en Roma, su discípulo, Cicerón.


2. La oratoria anterior a Cicerón.

El primer orador del que tenemos noticias fue Apio Claudio el Ciego, personaje político del siglo III a.C. Escribió discursos en griego con fines de propaganda política, por lo que, además de ser pronunciados en el senado y en el foro, estaban destinados a su publicación. Cicerón pudo todavía leer algunos de ellos.

Catón el Censor (239-149), del que nos quedan fragmentos de 80 discursos, escribió más de 150. Catón era un homo novus, un hombre que tuvo que triunfar por sí mismo. El instrumento imprescindible para ello fue su capacidad de persuasión, demostrada con una oratoria combativa y virulenta, a la vez que brusca y cortada. Según Catón, el orador es "un hombre de bien, experto en e1 arte de la palabra" porque no debe buscar la eficacia del discurso al margen del debate de los problemas morales. Catón concebía el discurso como un todo en el que la expresión formal surge necesariamente del contenido: rem tene, verba sequentur, (capta el asunto, que las palabras vendrán solas).

Durante el siglo II a.C. entra en juego un factor definitivo en el desarrollo de los géneros literarios en Roma, y en particular en el de la oratoria: el influjo de la literatura griega. Los griegos no solo tenían magníficos oradores, sino que habían elaborado toda una teoría sobre la oratoria para hacerla más eficaz. Esta teoría es la retórica. A partir de ahora empiezan a florecer, no sin una fuerte oposición al principio, escuelas de retórica en Roma.

El círculo de los Escipiones desempeñó, en esta época, un papel muy importante en la asimilación de la literatura griega, la filosofía, el arte, etc., por parte de la sociedad romana.

En los años anteriores a la época de Cicerón, marcados por las luchas sociales, hay que citar a los hermanos Graco, líderes de la reforma agraria; sobre todo, a Cayo, de oratoria vehemente; y a los que Cicerón consideraba sus maestros: Marco Antonio (no el triunviro) y Lucio Licinio Craso. Algo mayor que Cicerón y antagonista en las causas importantes fue Hortensio, abogado brillante, de oratoria ampulosa, al estilo asianista. Pronto fue olvidada la oratoria de éste y la de los oradores precedentes ante la entrada en escena de uno de los oradores más importantes de todos los tiempos: Cicerón.


3. CICERÓN (106-43 a.C.)



Marco Tulio Cicerón nació en Arpino en el año 106 a.C., en el seno de una familia de caballeros. Recibió la educación más completa, en Roma y en Grecia. Alumno de los más célebres oradores y juristas de la época, pronunció sus primeros discursos judiciales después del triunfo político de Sila y se dio a conocer al tomar valientemente la defensa de Roscio de Ameria, víctima de una sórdida maquinación.

Fue elegido cuestor en 76 a.C. y ejerció este cargo en Sicilia, donde tuvo ocasión de defender a los sicilianos contra las exacciones y robos cometidos por Verres en la isla. Sigue el cursus honorum: edil en 69 a.C., pretor en 67 a.C. y cónsul en 63 a.C. Su consulado está marcado por su acción y éxito contra la conjuración de Catilina. Pero el clima político en Roma se ensombrece y pronto la ambición de los candidatos al poder personal va a hacer nacer las luchas fratricidas que anuncian el fin cercano de la República.

En el año 58 a.C., un tribuno de la plebe, Clodio, hace votar una ley contra Cicerón, el cual considera prudente exiliarse. Sus bienes son confiscados.

En 52 a.C. vuelve a Roma ayudado por Milón, al que defiende por la muerte de Clodio con menos brillantez de lo que se podría suponer por el discurso que escribió (Pro Milone) después del proceso.

En 51 a.C. fue nombrado procónsul en Cilicia. Se agudiza la rivalidad entre César y Pompeyo. Cicerón toma el partido de Pompeyo, que es el del Senado y la aristocracia. Derrotado Pompeyo en Farsalia (48 a.C.), Cicerón se retira de la vida política, después de haber sido perdonado por César.

En su retiro de Túsculo se dedica a las letras y a la filosofía. Pero después del asesinato de César en 44 a.C., vuelve a la acción. Se enfrenta al poderoso triunviro Marco Antonio, contra el que pronuncia catorce discursos, de extrema violencia, a los que denomina Filípicas (en recuerdo de los discursos de Demóstenes contra Filipo). Cicerón paga con su vida este error político y cae asesinado en Formio en octubre de 43 a.C.



Retórica y oratoria

Cicerón es el principal representante de la oratoria en Roma, ya que lleva la prosa clásica latina de todos los tiempos a la máxima perfección. Por encima de su vocación política y profesional y de su apasionamiento por la filosofía, hay en su extensa obra una total entrega a la literatura y, más concretamente, al arte del bien decir, de llevar la lengua a los más expresivos y bellos aciertos.

El entusiasmo que sentía por su arte y su profesión de orador le llevan a escribir obras preceptivas sobre retórica, como el De inventione, compuesto en su juventud, y los tratados escritos en su época madura: el De oratore, el Brutus y el Orator, obras basadas no solo en las enseñanzas de los rétores griegos y latinos sino en su propia experiencia.

En el De oratore, escrito el año 55 a.C. en forma de diálogo, Cicerón expone las cualidades que deben adornar al orador: unas, naturales (aptitudes, prudencia, sentido común, perspicacia, etc.), otras, adquiridas (técnicas oratorias, práctica, formación filosófica y jurídica).

El Brutus es un tratado escrito con motivo de la muerte de Hortensio (50 a.C.) en forma de diálogo entre M. Junio Bruto, Hortensio y Cicerón. En él traza la historia de la oratoria romana hasta él mismo. Es importante la polémica sostenida por Cicerón contra los aticistas, que propugnaban un estilo sobrio y se oponían a los asianistas, que buscaban, por el contrario, la exuberancia del lenguaje. Cicerón en su juventud había sido partidario de esta corriente, a imitación de Hortensio, pero con el correr de los años había propugnado un ideal de estilo más sobrio sin excluir los adornos y cierta exuberancia del lenguaje. Es el estilo medio o rodio preconizado por su maestro Molón de Rodas.

El Orator es su obra culminante de retórica, en la que se aúnan el vasto conocimiento de las técnicas oratorias y la experiencia y madurez de una gran orador. En esta obra, Cicerón expone la teoría de los tres estilos: el sencillo, el moderado y el sublime, y cómo el buen orador utiliza en cada discurso el estilo que más conviene según la ocasión. Describe también las fases de la elaboración de un discurso:

- la inventio, recogida de materiales: hechos y argumentos a favor o en contra.
- la dispositio, estructura del discurso de acuerdo con un plan.
- la memoria, el recuerdo de los elementos en el momento preciso.
- la elocutio, exposición del contenido.
- la actio, la forma externa, acción, entonación gesticulación etc.

La estructura del discurso contiene estas cinco partes:

- el exordium, entrada del discurso en la que se trata de captar la: atención del auditorio con la exposición de motivos;
- la narratio, exposición clara y breve de los hechos;
- la confirmatio, o argumentación;
- la refutatio, en la que se rechazan los argumentos del adversario;
- la peroratio, parte final, de tono emotivo, donde el orador trata de inclinar a su favor la
voluntad del auditorio o de los jueces.

La actividad de Cicerón como orador político y jurídico se desarrolla a lo largo de su vida pública, es decir, en un agitado y convulsivo período de la historia romana. Como abogado defensor destacan discursos como el Pro Quinctio, el Pro Roscio Amerino, el Pro Archia poeta, el Pro Sulla, el Pro Murena, el Pro Milone, los discursos Contra Verres (como acusador), etc.

Como político, sus arengas contra Catilina (Catilinarias), contra Marco Antonio (Filípicas, a imitación de Demóstenes), el Pro imperio Cnei Pompei, etc.

La potencia oratoria de Cicerón se capta en los discursos todavía conservados: más que una argumentación vigorosa y convincente, se halla en ellos una atracción ejercida por su ingenio, por la rotundidad, las imprecaciones, las notas sentimentales e irónicas y por toda una serie de recursos aptos para emocionar y captar al auditorio. La frase adquiere toda clase de modalidades acoplando la idea al ritmo, perfectamente calculado en las cláusulas finales de los párrafos, como si se tratara de expresiones versificadas.

4. Autores posteriores.

Entre los autores posteriores a Cicerón que escribieron tratados de retórica destacan: Marco Anneo Séneca el Retórico, Gayo Cornelio Tácito y Marco Fabio Quintiliano.

Marco Anneo Séneca el Retórico (55 a.C.-39-d.C.) nació en Corduba (act. Córdoba), en Hispania. Fue padre de Séneca el filósofo. Escribió unas Controversiae y unas Suasoriae, en las que recopilaba ejemplos de los tipos de argumentación discursiva así llamados. La controversia era una confrontación de distintos puntos de vista sobre un tema tratado; la suasoria era un discurso que pretendía convencer a un auditorio de una tesis determinada.

Gayo Cornelio Tácito (55-120 d.C.), el conocido historiador, escribió en su juventud una obra en forma de diálogo, De oratoribus, en la que compara la elocuencia de la época republicana con la de su propio tiempo, que considera ya en decadencia. 

5. QUINTILIANO.

Marco FabioQuintiliano (30-100 d.C.), nacido en Calagurris (act. Calahorra), regentó la primera escuela sufragada por el Estado durante el reinado de Vespasiano. Escribió el manual de retórica más famoso si se exceptúan los de Cicerón: De institutione oratoria, que trata sobre la formación del orador, y constituye un estudio del sistema educativo romano de su tiempo. Quintiliano señala a Cicerón como modelo. Escribió también un De causis corruptae eloquentiae, en el que atribuye las causas de la degeneración de la oratoria al abandono de los modelos clásicos.




martes, 10 de enero de 2017

Anima Christi de Marco Frisina

Pedro y Bruno de 4º ESO A en el IES Andrés Benítez de Jerez de la Frontera cantan en la clase de latín Anima Christi de Marco Frisina.

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jueves, 3 de noviembre de 2016

TEMA 5. FÁBULA, SÁTIRA Y EPIGRAMA (FEDRO, JUVENAL Y MARCIAL)



1.1 LA FÁBULA

La fábula, como género literario referido a Fedro, designa una narración en la que generalmente intervienen animales que, por ser considerados miembros del mundo de los seres animados, se equiparaban a los hombres. La fábula tiene raíz popular y, como tal, parte de la contemplación de un mundo ingenuo con fin moralizante. El carácter ejemplarizante es la nota esencial de este género literario, tal como lo encontramos en Fedro. Estas narraciones, leyendas o apólogos, eran muy antiguas. Eran más o menos anónimas. Muchas de ellas nacieron en Oriente y en Egipto y fueron difundidas por comerciantes y esclavos entre los países del Mediterráneo. Esopo, autor griego del siglo VI a.C., fue el primero que les dio forma literaria. Escribe en prosa y es el modelo que seguirá Fedro, aunque éste emplea el verso.


1.2. FEDRO (15 a.C.-50 d.C)

Fedro nació en Macedonia hacia el 15 a.C. Llegó a Roma como esclavo de Augusto, que le concedió la libertad, y murió en la época de Claudio, en el 50 d.C. Se conservan unas cien fábulas de este autor, contenidas en cinco libros. Los personajes son animales que representan las costumbres, las virtudes y los vicios de los hombres, y, más en concreto, de la sociedad de su tiempo. Se acusa al poderoso que abusa del débil (la parte del león), al astuto y mentiroso (la zorra), al malvado (el lobo y el cordero), etc.

Esta crítica social le acarreó numerosos problemas judiciales porque algunos personajes poderosos de la época se vieron reflejados en estas composiciones. Las fábulas de Fedro son narraciones sencillas, amenas y divertidas, y terminan con una moraleja que resume la enseñanza moral que trata de transmitir el autor. Este estilo sencillo y conciso, al que no le falta en ocasiones colorismo en las imágenes descriptivas de personajes (animales) y situaciones, está muy alejado de la poesía épica y lírica contemporánea de Virgilio y Horacio. Se trata de una poesía de raíz popular, de fondo satírico, que refleja un mundo sencillo y natural muy alejado de los dioses y de los héroes de la épica.

El carácter universal de esta obra despertó el interés de autores de distintas épocas, como La Fontaine, en Francia, del siglo XVII, o los españoles Iriarte y Samaniego, del siglo XVIII.



2.1. LA SÁTIRA

La sátira es un género literario típicamente romano (satura tota nostra est, decía Quintiliano). Si bien el espíritu satírico está en la literatura de todos los pueblos, los romanos crearon el poema satírico, que trata de corregir conductas burlándose de los defectos de las personas. El nombre hace relación a una pieza poética que en sus inicios se mezclaba el verso, el canto y la danza y el contenido era variado y sin unidad, como nuestra farsa.

Hay, no obstante, influjo de los griegos, en particular, de las enseñanzas callejeras de los cínicos y estoicos, que improvisaban epigramas, fábulas, parodias de poesías y las llamaban diatribas, es decir, "tiempo gastado en el ocio". Lucilio (180-103 a.C.), que pasa por ser el inventor del género, y Horacio llamaron sermones, charlas, a las diatribas de los filósofos griegos.

Lucilio propugnaba una moral patriótica, orgullosa y optimista; hace de la sátira un arma con que fustiga a los personajes de su tiempo empleando la lengua viva de la conversación, a veces tomada del habla vulgar. El metro utilizado es el hexámetro dactílico.


2.2. HORACIO (65-8 a.C.)

Llama a sus sátiras sermones, es decir, unas charlas, sin la hiriente agresividad de Lucilio, en un estilo natural, el estilo de la conversación. Habla en ellas, con humor y fina observación, sobre la variedad de los temas tradicionales de la sátira romana, a los que añade otros de sus preferencias: el descontento de los humanos con su suerte, la secuela de normas de conducta, la avaricia de los captadores de herencias o de las incidencias de la vida ordinaria, como el viaje a Brindis en compañía de Mecenas. Se pueden distinguir tres direcciones: la autobiográfica, la moralizadora y la crítica literaria. Da preferencia al monólogo y satiriza los defectos y las debilidades ajenas volviendo en ocasiones el filo de la sátira contra sí mismo. Algunas de sus sátiras se han convertido en paradigma del género y todavía conservan la gracia y la hilaridad del día en que salieron de sus manos.

La sátira florece en siglo I d.C. acentuando la mordacidad en la expresión y la tendencia moralizante, quizá bajo el estímulo de la proliferación de los nuevos ricos y la corrupción de costumbres. Son autores representativos de esta época: Persio (34-62 d.C.) y Juvenal (62-43 d.C.).


2.3. JUVENAL (62-143 d.C.)

Con Juvenal entra el género satírico en el más crudo y pintoresco realismo dentro de un estilo declamatorio. Escribió 16 sátiras. Denuncia en ellas los abusos de los que es testigo: los vicios de los romanos (2, 9, 12) y de las mujeres romanas (6), el envilecimiento de los poderosos en tiempos de Domiciano (4), la incomodidad de Roma (3), la miseria del pueblo bajo (5) y de los intelectuales (7), la locura de los deseos humanos (10), y contrapone la pietas de los antiguos romanos (15) y la probidad de estos (13). Juvenal es un agudo observador que capta y traslada con hiriente precisión el menudo rasgo inadvertido, la intimidad que revela la bajeza de los corruptos, con noble pasión, con ira enardecida, mas no sin parcialidad y resentimiento.


3. EPIGRAMA

El epigrama, género que a veces se agrupa junto con la poesía lírica, como un subgénero de ésta, incluye las composiciones poéticas breves (generalmente entre dos y seis versos) en las que se expresa un pensamiento festivo o burlesco. Los metros son variados, aunque abunda el dístico elegíaco, una estrofa compuesta por un hexámetro y pentámetro dactílicos.
El epigrama primitivo, como indica su etimología griega (epí-, 'sobre', gramma, 'escritura') era un texto breve destinado a figurar como inscripción en un sepulcro, una base de estatua o un exvoto, aunque en su desarrollo el epigrama sirvió para expresar toda clase de temas y sentimientos, si bien los griegos alejandrinos sintieron predilección por los temas amorosos.

Safo, Arquíloco y Simónides cultivaron el género epigramático en Grecia, pero floreció sobre todo en época helenística, con Leónidas de Tarento y Meleagro de Gadara. Aunque pueden considerarse como antecedentes los primitivos elogia, las inscripciones laudatorias de los sepulcros (s. III a.C.), el epigrama debió de llegar a Roma a finales del siglo II a.C., desde entonces fue cultivado de modo esporádico hasta Catulo, que fue el primero que se valió de esta forma poética por extenso. 

La concisión de la lengua latina, por su espíritu lacónico y sentencioso, encontró un vehículo apropiado en este tipo de poemitas, cuyas características principales son precisamente la brevedad, la agudeza y la fuerza expresiva.


3.1. MARCIAL (40-104 d.C.)

Nació Marcial en una pequeña ciudad de la Hispania Tarraconense, en Bílbilis, la actual Calatayud. La posición desahogada de sus padres les permite enviarlo a Roma (año 64), una vez realizados en Bílbilis los estudios de gramática y retórica, y en un momento en que se hunde el valimiento de sus compatriotas Séneca y Lucano, complicados en la conspiración de Pisón contra el emperador Nerón. En Roma se ve obligado por la necesidad a someterse al sistema de la clientela para vivir, es decir, a formar parte del séquito de uno o varios amos, atado a ellos y viviendo a su merced. Su genio le abre la puerta de los círculos literarios, frecuenta el trato de todas las clases sociales. Pero, después de permanecer 34 años en Roma, cansado de la gran ciudad, regresa a su patria natal, aceptando el ofrecimiento de una admiradora, Marcela, que le regaló una finca, donde pasó los últimos años de su vida. Marcial transformó el epigrama: la pequeña pieza de versos destinada a ser inscrita en las tumbas y monumentos (epi-gramma = ‘escritura sobre’), Marcial la convierte en un arma de ironía y sarcasmo, con tanto acierto que dejó forjada la forma definitiva de esta composición.

Esto no quiere decir que todos los epigramas sean poesías satíricas. Hay entre ellos también piezas de circunstancias, agradecimientos, descripciones y dos libros de dísticos destinados a acompañar los regalos a los amigos (Xenia), o a servir de etiqueta divertida para los objetos que se sorteaban (Apophoreta). Marcial es un observador para quien la realidad exterior existe y toma valor artístico. Esa realidad coloreada con detalles precisos y con una justeza admirable es exactamente la vida romana tal como él mismo la ha vivido. Pero aunque su sátira es violenta y mordaz, permanece un fondo espiritual, de buenas palabras, que revela un espíritu sincero y bienintencionado. En el fondo Marcial es un hombre sensible que llega incluso a confiar a sus versos -aunque no se prestaba a ello el género del epigrama- sus confidencias, que revelan un alma insatisfecha e incapaz de contentarse con la vida monótona del pueblo natal, pero también de enfrentarse a las adversidades y humillaciones que Roma reserva al poeta necesitado.

Marcial es un escritor de primera calidad. Es uno de esos raros escritores de su época que no cedió al influjo del estilo declamatorio a la moda. Su genio se amoldaba perfectamente al poema breve y satírico, parecía nacido para él. Su obra es de una sobriedad clásica. Sin embargo, le faltaba esa fuerza moral para penetrar en las causas profundas de la decadencia romana y sacudir a una sociedad que se hundía en el vicio. Es a Juvenal al que se le debe atribuir este mérito.


INFLUENCIA EN LA LITERATURA POSTERIOR

Edad Media y Renacimiento: Horacio fue un clásico desde el principio. La Edad Media solo prestó atención a las Sátiras porque no entendió las Odas. En el Renacimiento tuvieron gran tradición las sátiras: Ariosto en Italia, John Donne y Pope en Inglaterra y Boileau en Francia. Los siglos XVIII y XIX no fueron buenos para Horacio; a partir del XX se ha revalorizado la lírica, pero las Sátiras y Epístolas se han dejado algo de lado. Persio fue muy leído tras su muerte y en la Edad Media. Los apologistas cristianos y los padres de la Iglesia lo apreciaron por su rectitud moral. Luego se dejó de lado. La sátira moderna se escribió en prosa y perteneciendo a otro género literario. A Juvenal le llegó tarde el éxito. Fue modelo de satíricos en el XVI, sobre todo en Quevedo. Se olvidó pronto. Marcial tuvo éxito inmediato. En la Edad Media solo se sacaron sententiae de su obra. El Renacimiento lo relanzó. En España influyó en Quevedo, Góngora y Gracián.


jueves, 12 de febrero de 2015

POEMAS LATINOS DE HOY Y DE SIEMPRE


El latín, lejos de ser una lengua muerta, ha dejado obras universales en la historia de la literatura. No en vano, los poetas latinos-y antes los griegos-han sido los precursores de la literatura europea occidental. Los autores clásicos siguen siendo los pilares de nuestra cultura  y son cada día recreados por poetas y artistas. 



HORACIO, Odas, 1. XI. 

En esta oda dedicada a Leucónoe, nombre probablemente supuesto, nos aparece uno de los temas más característicos de Horacio: el gozar intensamente el presente sin preocuparnos del insondable mañana.


Tu ne quaesieris (scire nefas) quem mihi, quem tibi
finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios
temptaris numeros. Vt melius, quidquid erit, pati!
seu pluris hiemes, seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum: sapias, uina liques et spatio breui
spem longam reseces. Dum loquimur, fugerit inuida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.

No indagues, Leucónoe, no es lícito saberlo, qué plazo a ti o a mí nos han otorgado los dioses, ni consultes los cálculos babilonios. ¡Cuánto mejor es aceptar cualquier cosa que ocurra! sea que Júpiter te haya reservado muchos inviernos, ya sea éste el último, el que ahora amansa, en los opuestos escollos, al mar Tirreno: sé prudente, filtra el vino; no pongas gran esperanza en el breve espacio de la vida. Mientras hablamos habrá huido, envidioso, el tiempo. Goza el hoy; mínimamente fiable es el mañana.


CATULO, CARMINA.

CARMEN LXXXV

Odi et amo. quare id faciam, fortasse requiris?
nescio, sed fieri sentio et excrucior.

Odio y amo. Quizás preguntas por qué lo hago. 
No sé (pero siento qué es así y me atormento).






CARMEN V

Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,
rumoresque senum severiorum
omnes unius aestimemus assis.
Soles occidere et redire possunt:
nobis cum semel occidit brevis lux,
 nox est perpetua una dormienda.
Da mi basia mille, deinde centum,
dein mille altera, dein secunda centum,
deinde usque altera mille, deinde centum.
Dein, cum milia multa fecerimus,
conturbabimus illa, ne sciamus
aut ne quis malus invidere possit,
cum tantum sciat esse bassiorum.





En el siguiente vídeo podemos ver el comentario del poema y la traducción.
 

Y en este otro vídeo, al Coro de Navarra cantando los poemas de Catulo.
 







TEMA 4. LA POESÍA LÍRICA (CATULO, HORACIO, OVIDIO)



1. DEFINICIÓN Y CARACTERÍSTICAS DE LA POESÍA LÍRICA.

El género lírico comprende composiciones poéticas que, en sus orígenes griegos, eran cantadas con lira (de ahí el nombre de lírica). Esta poesía tiene dos características: su carácter subjetivo, ya que el poeta expresa en ellas sus sentimientos, generalmente amorosos, y la utilización de gran número de metros variados.

La lírica se cultivó en Roma a partir de los últimos siglos de la República (II y I a.C.), en los que las perturbaciones sociales y políticas crearon un ambiente propicio para que los poetas abandonaran los grandes ideales patrióticos, ensalzados por la épica, y se volvieran a su interior para analizar y expresar los sentimientos por las cosas pequeñas de todos los días. En esta época surgen los que podrían ser considerados como los primeros poetas líricos: el círculo de Quinto Lutacio Cátulo. De ellos conservamos escasos fragmentos, pero sabemos que su poesía era de tema erótico y tenía una gran variedad de metros.

En el siglo I a.C. florece en Roma una corriente a la que Cicerón denomina de los poetas nuevos o neotéricos (poetae novi). Se caracterizan estos por su inclinación hacia la poesía griega y en particular la alejandrina, la cual, en poemas breves y muy cuidados, buscaba la belleza formal a través del empleo de recursos estilísticos, sobre todo métricos, de gran perfección artística.

1.2. AUTORES Y OBRAS.

CATULO (87-54 a.C.)

Cayo Valerio Catulo nació en Verona, ciudad perteneciente a la Galia Cisalpina, patria también de Virgilio, Tito Livio y de Plinio el Joven. En 68 a.C. llegó a Roma, donde encontró una sociedad perturbada por las contiendas políticas. Lleva una vida brillante y feliz (solamente ensombrecida por la muerte de su hermano), en contacto con los hombres más importantes de la política y de las letras de esa época. El gran suceso de su vida, que inspiró gran parte de su poesía, fue su relación con la que él canta bajo el nombre de Lesbia, hermana de P. Clodio Pulcher, enemigo político de Cicerón.

La obra de Catulo comprende 116 poesías que se pueden clasificar, según los metros empleados, en:
- Piezas líricas cortas (1-60), de metros variados, generalmente escritas en yambos.
- Piezas más extensas (61-68) escritas casi todas en hexámetros.
- Epigramas en dísticos elegíacos (69-116).

Según sus fuentes de inspiración, se reconocen en Catulo tres aspectos principales:

1. Un poeta alejandrino que resume en sí las características de esta escuela. La pieza más representativa de este aspecto es el Epitalamio de Tetis y Peleo, poema erudito, sobrecargado, pero que expresa los sentimientos, a veces con intensidad dramática, y contiene cuadros pintorescos y graciosos.

2. Un poeta satírico; pero sus piezas no son sátiras políticas, Catulo encuentra su indignación en las enemistades personales. Ahí es donde, en poemas cortos y bien cincelados, sabe colocar en el momento justo el rasgo mordiente. Además, en sus epigramas nos pinta la sociedad mundana de su época, de manera viva y divertida, con la que él compartió el placer y el estudio y en la que vivió gran parte de su vida.

3. Un poeta lírico en el sentido moderno de la palabra. Catulo nos habla en términos emocionantes y tiernos de la muerte de su hermano, de sus amistades y sus odios (odi et amo) con espontaneidad y franqueza, pero, sobre todo, con sensibilidad dolorosa y apasionada de su amor con Lesbia.


HORACIO (65-8 a.C)

Nació en Venusa, al sur de Italia. Su padre, liberto y recaudador de las subastas públicas, se preocupó por su educación, enviándole a estudiar a Roma y después a Atenas. Fue seguidor del partido republicano y tomó parte en la batalla de Filipos (42 a.C.). A través de Virgilio entró en el círculo de Mecenas, donde llegó a disfrutar del bienestar suficiente para poder dedicarse a la poesía sin problemas económicos.

La obra de Horacio comprende, siguiendo un orden cronológico, primero los Epodos (41-30 a. C.); después los tres primeros libros de Odas, el primer libro de las Sátiras (30-20 a.C.); y, finalmente, el segundo de las Sátiras, el Ars Poetica, el Carmen Saeculare y el cuarto libro de Odas (20-8 a.C.).

Las Odas

Las Odas constituyen la parte más propiamente lírica de su producción poética. Con la publicación de las Odas, Horacio realiza la gran ambición de dar a Roma la gran poesía lírica que no tenía todavía. Grecia le ofrecía los modelos, no ya la inspiración tumultuosa de Píndaro, que no se acomodaba a su naturaleza, sino la de Alceo y Safo, de los que toma las principales combinaciones estróficas, sin olvidar a otros líricos griegos.

El contenido de las Odas es variado: reflexiones filosóficas, episodios mitológicos, dedicatorias
a amigos, incluso la actualidad política en las grandes Odas nacionales. Poesía de imitación, pero poesía original. Horacio ha dado las reglas precisas a los metros que adapta. Su técnica es el culto a la forma que le lleva a pulir con amor cada estrofa. Pero este trabajo no se traduce en artificiosidad: la expresión viva y sobria estimula a la imaginación porque Horacio es un poeta, un creador. Por su perfección artística y su tendencia a generalizar sus propios sentimientos, a sugerir una lección moral (epicureísmo), la Odas reúnen dos caracteres generalmente opuestos: lirismo y clasicismo.



2. CARACTERÍSTICAS DE LA ELEGÍA LATINA.

Podemos considerar a la elegía, de tanta importancia en Roma, como un subgénero de la lírica, pues, si bien no emplea variados metros ni estrofas (solamente el hexámetro y el pentámetro, combinación llamada dístico elegíaco), su carácter intimista, de expresión del sentimiento amoroso, justifica plenamente su inclusión en este género. La elegía comprende un tipo de poesía de asunto triste, en general; pero lo que caracteriza a la elegía romana es la expresión de sentimientos personales, entre los que figura en primer lugar el amor, la propia experiencia amorosa del poeta que casi siempre es desgraciada, de ahí que dolor y sufrimiento estén casi siempre presentes en este tipo de composiciones. La elegía romana, frente a la griega, es predominantemente subjetiva y amorosa, aunque mantiene restos del carácter fúnebre que tenía en Grecia.

Otra de las características es el metro: se trata del dístico elegíaco compuesto por un hexámetro y un pentámetro. La elegía es una secuencia de esta pequeña estrofa.

2.1. AUTORES Y OBRAS.

TIBULO (54-19 a.C)

Si exceptuamos al que con toda seguridad fue el primer elegíaco romano, Cornelio Galo (69-26 a.C.), del que no conservamos ningún verso si no es el testimonio de Virgilio en la Bucólica X, esta poesía empieza en Tibulo, poeta perteneciente al círculo de Mesala Corvino. De los tres libros que se nos han transmitido (Corpus Tibullianum), solo los dos son indiscutiblemente suyos: el primero, dedicado a Delia, amor a la postre perdido, y el de Némesis. Algunos rasgos que caracterizan la poesía de Tibulo son la expresión sincera de su sentimiento amoroso, cierto bucolismo y la actitud antimilitarista, junto con el cultivo de la forma que en las últimas composiciones resulta algo retórica y erudita.


PROPERCIO (47-15 a. C.)

Es de origen umbro, procedente de una familia plebeya pero acomodada. Entró en el círculo literario de Mecenas y se integró en la gran sociedad romana de la época. Escribió cuatro libros de Elegías. Los tres primeros están consagrados predominantemente a Cintia, aunque hay también referencias a sucesos del mundo circundante. En el cuarto libro, por influjo de Mecenas, se interesa por los motivos religiosos y las ideas de restauración moral y nacional de Augusto y busca en el pasado de Roma y en las viejas leyendas una inspiración nueva y más amplia.

Propercio tiene el gusto por la erudición y por las curiosidades mitológicas e históricas, pero es un poeta original, el más personal, quizá, de los poetas elegíacos del siglo de Augusto. Su violenta pasión por Cintia hizo que el poeta expresara los tormentos del amor y de los celos, la tristeza de las desilusiones con una fuerza dramática que hace de él un gran poeta lírico.

El arte de Propercio es sutil y complicado: a su lengua le falta a veces claridad, y a la composición, lógica y armonía, pero son efectos buscados por el poeta, que tiene de los alejandrinos el gusto por el detalle pintoresco, el dibujo preciso y neto. La pasión toma en sus versos un acento personal y el ardor que la anima se traduce en una expresión sobria y vehemente, verdaderamente original.


OVIDIO (43 a.C.-17 d.C)

Publio Ovidio Nasón nació en Sulmona, en el año 43 a.C., un año después del asesinato de César y el mismo año del de Cicerón. Después de los estudios de filosofía y retórica, que completó en Grecia, ocupó sin entusiasmo ciertos cargos administrativos. El gozo de la creación poética ejercía para él mayor atracción que las tareas administrativas y políticas. Inició relaciones con los poetas de la época: Horacio, Tibulo y Propercio. Ovidio, cantor del amor, fue ante todo un poeta mundano, un poeta que conoció el éxito en una sociedad cuyos gustos, cualidades y defectos reflejó en sus obras.

Pero cuando el poeta estaba en el "culmen" de su gloria, en la plena posesión de su talento, fue desterrado por una orden del emperador Augusto, en 9 d.C., por razones que nos son mal conocidas. Su actividad poética continuó en el exilio, en Tomi, en la costa del Mar Negro (hoy Constanza), produciendo algunas de sus mejores obras, como los Fastos, las Tristes y las Pónticas. El rigor del clima, su vida aislada y monótona le produjeron la nostalgia de su Italia natal, pero el perdón no llegó de Augusto ni de su sucesor Tiberio, a pesar de las continuas peticiones de gracia del poeta. Murió en el año 17 d.C.

Ovidio escribió varias obras empleando el dístico elegíaco, pero por el contenido no pueden clasificarse como elegías. Las composiciones propiamente elegíacas son las siguientes:

- Los Amores: tres libros de elegías en los que canta los amores, de forma un tanto retórica y mucho menos apasionada que sus predecesores, de una tal Corina, de la que se duda si es un personaje real o más bien una personificación literaria formada con los rasgos de las distintas mujeres que conoció Ovidio.

- Las Tristia y las Epistulae ex Ponto. Ambas escritas en el destierro. En las primeras el poeta nos narra su despedida de Roma camino del destierro y las condiciones duras de su exilio en Tomi, en los confines del Imperio. Tanto en una como en otra hay lisonjas al emperador, súplicas a su esposa y recomendaciones a sus amigos, destinadas a conseguir el regreso a Roma, pero el perdón nunca llegó.

Ovidio marca un giro a la literatura latina. Pertenece todavía a la época clásica, pero anuncia ya la edad barroca que va a seguir. Es un artista, pero su espíritu es ligero, es brillante pero superficial; le faltaba la profundidad necesaria para abordar muchos de los temas serios que trató en sus obras. Cualquier motivo se convierte para él en tema de amplificación, en ejercicios en los que sobresale gracias a su facilidad natural de versificador y a las lecciones de los rétores.

En la poesía amorosa, no expresa, como sus antecesores, los sentimientos que experimenta profundamente, no se inspira en su experiencia personal, recurre más a su imaginación que a sus recuerdos. Ovidio es el testimonio de su tiempo, representa fielmente la opinión que sus contemporáneos podían hacerse del amor.

Pero sus versos no son insulsos ni aburridos, todo lo contrario: Ovidio pone todos los recursos de un arte ingenioso para evitar la monotonía y dar a su poesía un movimiento de relieve y color. Es un poeta de salón que sabe agradar y brillar pero no cae jamás en la vulgaridad.

Ovidio no es el gran poeta que se ha visto en él durante siglos, pero a falta de genio, ha tenido talento y virtuosismo, y una elegancia sostenida en la que han podido verse los gérmenes de la decadencia, pero que resulta encantadora para nosotros.


INFLUENCIA EN LA LITERATURA POSTERIOR

La poesía lírica siempre ha atraído a los poetas. Catulo fue muy admirado en el Imperio (Marcial le imita). El Renacimiento lo consideró un gran poeta digno de ser imitado.

Horacio es junto con Virgilio el clásico por antonomasia. Las odas de Horacio fueron muy leídas en la Edad Media, Renacimiento y s. XVIII. Fray Luis tradujo unas cuantas.


TEMA 3. LA HISTORIOGRAFÍA (CÉSAR, SALUSTIO, LIVIO, TÁCITO)


1. Las primeras fuentes documentales

La primera manifestación historiográfica fue la historia analística (historia contada año a año). Los documentos que manejaron los analistas fueron las tablillas donde el Pontífice Máximo anotaba los sacrificios que habían de celebrarse, los días fastos o nefastos, los cónsules de cada año, los acontecimientos. También consultaron documentos de carácter político como textos de tratados, leyes, actas del Senado.

2. Los primeros analistas.

La analística se extiende hasta el siglo I a.C. Los primeros analistas comienzan la narración histórica desde la monarquía hasta las guerras púnicas. Escriben en griego porque su obra es una empresa nacionalista contra los cronistas cartagineses; tratan de justificar la política expansionista de Roma por el Mediterráneo ante el mundo helenístico. Los analistas de la primera época más conocidos son hombres políticos: Q. Fabio Máximo, L. Cincio Alimento, Gayo Acilio.

3. Catón.

Cultivó varios géneros, pero fue en la historiografía donde destacó especialmente. Catón reacciona contra el ambiente filohelénico imperante en Roma, que trataba de enlazar los orígenes de Roma con la historia de Grecia. Escribió los Orígenes, obra que supuso una gran novedad en la concepción histórica de la época por estos aspectos:

a) Está escrita en latín, frente al griego utilizado por los analistas.

b) Narra no solo los orígenes de Roma, sino también de los pueblos itálicos. Catón piensa que la historia del pueblo romano es también la de los pueblos itálicos sometidos y asimilados para una empresa común.

c) No le interesa la historia centrada en las individualidades ni en la aristocracia que trata de ensalzar a sus héroes. Para Catón los protagonistas de la historia son los pueblos. Es la primera manifestación de una historia social.

d) Se trata de una historia viva y colorista, animada por sus propios discursos, que introduce en la narración.

4. La historia como género literario.

Los analistas escribían con rudeza y, aunque consultaban las fuentes, con frecuencia falseaban la verdad. También Catón, a pesar de sus innovaciones y sus notables cualidades, está lejos de la perfección literaria. Aunque Cicerón nunca llegó a escribir historia, expuso en sus obras de retórica Orator y Brutus y en el De legibus las pautas de lo que sería en adelante el ideal de la historiografía latina: el historiador no solo debe narrar los hechos sino investigar sus causas y analizar sus consecuencias. Y desde el punto de vista estilístico, una obra de historia debe ser ante todo una obra literaria opus maxime oratorium, con el ornamento literario con que la embellecieron los griegos. Además la historia debe servir para que el hombre perfeccione su conducta, debe ofrecer un conjunto de exempla dados por los hombres del pasado como instrumentos de perfeccionamiento moral. Es la historia entendida como magístra vitae.


5. LA HISTORIOGRAFÍA DE CÉSAR

Cayo Julio César nació en Roma el año 100 a. C., seis años después de Cicerón, en el momento en que Mario, vencedor de Yugurta, de los cimbrios y de los teutones, era cónsul por sexta vez, unos doce años antes de la guerra social y de las luchas que iban a oponer a Mario y a Sila. Aristócrata de nacimiento y de gusto, dotado de una inteligencia muy viva, recibió una educación completa y sólida. Pronto se interesó por la política y por el partido de la oposición democrática, del que fue su jefe después de la muerte de Sila (78 a.C.). Recorrió todos los cargos de la carrera política. Recibió la administración de Hispania, y después del triunvirato con Pompeyo y Craso consiguió el gobierno de las Galias, a las que sometió en su totalidad en 8 años. Rechazó las órdenes del Senado y de Pompeyo, máximo representante de los intereses de la clase aristocrática, y entró en lucha con éste, derrotándole en la batalla de Farsalia (48 a. C.) y a sus otros adversarios en África y en España. Dictador de por vida, con un poder absoluto, trabajaba en la reorganización del Imperio cuando fue asesinado en el Senado el 15 de marzo del 44 a. C.

Los Comentarios

César no es un hombre de letras sino un hombre de acción. Aunque escribió diversas obras, entre ellas un tratado de gramática, lo esencial de su obra reside en los Comentarios. Estos son memorias de un hombre de guerra y de un hombre político, una recopilación de informes reunidos en una especie de diario. Los Comentarios sobre la Guerra de las Galias relatan en orden cronológico, en siete libros, las campañas de César en las Galias.

Los Comentarios sobre la Guerra Civil comprenden en tres libros los sucesos de los años 48 y 49 a.C. de enfrentamientos con Pompeyo y sus partidarios y finalizan con la muerte de Pompeyo.


Valor histórico y literario

Los Comentarios tienen un valor documental evidente. César narra hechos de los que ha sido testigo excepcional. Observa con lucidez y juzga con profundidad. Pero escribe unos libros con finalidad de propaganda política.

En la Guerra de las Galias quiere justificar su política de conquistas y poner de relieve los servicios que ha prestado al Estado.

En la Guerra Civil intenta con mayor evidencia aún hacer una apología personal, de forma discreta y hábil, y disminuir a sus adversarios. El interés literario es inmenso. César es un excelente narrador, sabe ordenar su relato con claridad y sobriedad, dándole relieve y movimiento.

Su estilo es sencillo y elegante. César va a lo esencial, pero con una precisión que tiene algo de pintoresco. La acción, el encadenamiento de los hechos, la participación de la voluntad humana y el azar constituyen su interés. Su lucidez le permite dar a cada elemento su valor exacto. No necesita más el lector. César le ha impuesto su visión de los hechos.

6. LA HISTORIOGRAFÍA MORALIZADORA DE SALUSTIO.

Cayo Salustio Crispo nació en Amiterno (Sabina) en 87 a.C., de familia plebeya, pero su juventud transcurrió en Roma, donde recibió la educación típica de la época: retórica y filosofía. Militó en el partido democrático, uno de cuyos jefes era César, y tomó parte en la frecuentes revueltas callejeras que ensangrentaban Roma en esos años.

Empezó el cursus honorum y fue cuestor y tribuno de la plebe en el 52 a.C. Entró así en el Senado pero fue expulsado de él por los censores con el pretexto de llevar una vida inmoral, aunque más bien debe interpretarse como una venganza personal. Tomó parte a favor de César en las campañas de la guerra civil en África. Después del triunfo de César, este le nombró propretor en Numidia, donde tuvo ocasión de estudiar la historia y geografía del país, y de amasar una gran fortuna.

A la muerte de César, se retiró a gozar de sus riquezas en una finca de Tívoli, compró además una gran extensión de terreno en Roma e hizo plantar en él unos jardines, que con el tiempo llevaron su nombre (horti Sallustiani), y más tarde fueron residencia imperial. Ocupó su retiro en la composición de sus obras históricas.

La conjuración de Catilina.

Esta monografía histórica sobre la conjuración de Catilina fue escrita probablemente en 47 a.C. El autor emprende la narración de los acontecimientos del año 63 a.C. con un espíritu favorable a César. Le interesa sobre todo la monstruosidad del personaje de Catilina y el riesgo que ha corrido el Estado. Salustio habla de acontecimientos que ha conocido bien: tenía veinticuatro años cuando tuvieron lugar.

La narración va precedida de unas consideraciones morales en que el autor justifica su decisión de dedicarse al cultivo de la historia, en concreto al de la historia del pueblo romano y, dentro de esta, ha elegido en primer lugar la conjuración de Catilina.

Al entrar en materia, lo primero que le atrae es la figura del personaje, un personaje de naturaleza extraña y demoníaca, que tiene las características fundamentales de la maldad y la fuerza, puestas al servicio de una desmedida ambición. Conocido ya el protagonista y la sociedad en que se mueve, vemos cómo se genera la conjuración y cómo se desarrolla a través de un relato dramático que no pierde su interés hasta el desenlace en la batalla de Pistoya.

La guerra de Yugurta.

Esta monografía, un poco posterior a la Conjuración de Catilina, cuenta la guerra que Roma sostuvo contra Yugurta, rey de los númidas, del año 111 al 105 a.C. Bien informado por las Memorias de la época, e incluso por obras en lengua púnica, y documentado por su propio conocimiento del país en el que estuvo como procónsul en el año 46 a. C., Salustio ha escrito una obra de gran valor histórico, que muestra a la vez sus grandes dotes narrativas. Por otra parte, en el estudio de este episodio importante de la lucha entre el pueblo y la nobleza, que caracteriza la ascensión al poder del plebeyo Mario, el historiador muestra un conocimiento detallado de los problemas sociales.

Después del Bellum Iugurthinum, Salustio compuso las Historiae en cinco libros, que narran desde la muerte de Sila hasta el año 67 a.C. En esta obra Salustio presenta las funestas consecuencias de la dominación de Sila, en particular, la corrupción de la clase noble y los enfrentamientos entre los dos partidos dominantes de esa época. Solo conservamos fragmentos, pero podemos deducir de ellos que se trataba de una obra de forma literaria muy cuidada.


El arte de Salustio

Salustio es un autor moralizador, pero su moralismo desciende al terreno del análisis concreto. En este aspecto se inspira en Catón, y en cuanto a su concepción política y pragmática, recibe el influjo de Tucídides.

La obra historiográfica de Salustio, salvo en algunos pasajes, no es pintoresca porque el relato se reduce a lo esencial. Pero da al lector el placer de comprender las causas de los sucesos y las intenciones ocultas de los personajes. Es también una historia intensamente dramática. Las luchas de las clases y de los individuos dan a las obras de Salustio la atracción de un verdadero drama.

Hay pocas descripciones, pero abundan los discursos y los retratos, ambos destinados a hacernos comprender las situaciones y a pintar a los actores. El estilo de Salustio es célebre por su concisión y por su movimiento rápido. Salustio utiliza sistemáticamente procedimientos como la disimetría para dar más variedad a la frase, el infinitivo narrativo, para imprimir más rapidez al relato, arcaísmos (unos, auténticos y otros, aparentes, que no eran más que modas ortográficas de la época), para volver el estilo más grave (gravitas) y severo. Son procedimientos típicos de una lengua erudita, artificialmente calculada, pero que produce un efecto original.

Su prosa se construye sobre períodos cortos, asimétricos, variados, con frecuentes elipsis y asíndeton. La brevedad, la agudeza, la rapidez son sus características más destacadas.

7. LA HISTORIOGRAFÍA IMPERIAL: TITO LIVIO Y TÁCITO

7.1. La historia nacionalista: TITO LIVIO

Nació Tito Livio entre el 64 y el 69 a. C. y murió en el 17 d. C. Su vida literaria se desarrolló en el contexto sociopolítico de la pax Augusta, coincidiendo con autores culminantes de la literatura latina, como Virgilio, Horacio, Ovidio, etc.

Tito Livio se propone narrar la historia de Roma desde sus orígenes hasta su época (Ab urbe condita libri). Constaba de 142 libros, divididos en grupos de diez o décadas. A causa de su extensión, hoy conservamos solamente las décadas I, III, IV y primera mitad de la V, pero conocemos el contenido total de la obra por los numerosos resúmenes (Periochae) que hicieron de ella los compiladores. Los diez primeros libros narran desde los orígenes hasta la tercera guerra samnita (293 a.C.) y los libros XHI-XXV tratan de la segunda guerra púnica (tercera década) y de la conquista del Mediterráneo oriental hasta 167 a.C. Tito Livio es un partidario de Cicerón en política (nunca ocultó su simpatía por la República) y en gustos literarios. Su obra histórica responde al ideal ciceroniano del opus maxime oratorium. A Tito Livio solo le interesa la historia del pueblo romano, su perspectiva es puramente nacionalista.

En cuanto a la forma, sigue los métodos de los analistas.  En cuanto a sus fuentes, nunca recurrió a documentos originales. Normalmente sigue a un autor para cada núcleo de acontecimientos, al que corrige y completa cuando hay contradicciones. Tácito lo considera un autor sumamente fiable. Sus valores literarios se realzan en el relato, los discursos y los retratos.

Sus relatos tienen el dramatismo que exigen los acontecimientos y a veces no falta lo cómico de las situaciones. Livio es famoso por sus discursos, que compone según las reglas de la retórica, y para el retrato utiliza el procedimiento de presentar los juicios de los contemporáneos sobre la persona retratada y los efectos que esta persona produce sobre aquellos. Su lengua ha evolucionado en relación con la de Cicerón o César; va más en la línea virtuosista de Salustio. Su ideal es la urbanitas, es decir, la plasmación de la lengua culta de Roma. Utiliza arcaísmos y abundantes licencias poéticas. Su frase, rica en subordinación cuando el relato es sostenido, adopta un ritmo más vivo y corto en los episodios dramáticos.


7.2. La historia como drama: TÁCITO

P. Cornelio Tácito nació entre los años 54 y 56 d.C., durante el reinado de Nerón. Pertenecía al orden ecuestre. Desempeñó varios cargos públicos, entre ellos el de cónsul y el de procónsul en Asia. Su elocuencia le hizo ganar muy pronto un alto renombre. Se dedicó a la historia después de 97 d.C.

Las obras historiográficas principales de Tácito son las Historiae, publicadas a partir de 106 d.C., y los Annales, publicados en el 117 d.C. En las Historias opone al reino de los Antoninos el período de convulsiones y de servidumbre que le precede inmediatamente, desde la muerte de Nerón a la de Domiciano (68-96); solo tenemos los cuatro primeros libros y el comienzo del quinto.

Los Anales, en 16 ó 18 libros, volvían a los más lejanos acontecimientos, desde la muerte de Augusto a la de Nerón (14-68). Quedan los libros I-IV y XI-XVI (este último incompleto) y fragmentos del quinto y el sexto. Tácito pensaba completar este conjunto con una historia de Augusto y otra de los reinados de Nerva y Trajano, pero no tuvo tiempo para ello.

Tácito aborda la historia como un hombre de experiencia política al que los acontecimientos contemporáneos han golpeado duramente y que ha aprendido a través de ellos a conocer a los hombres. La historia responde a unas preocupaciones serias que él asume y le ofrece a la vez el medio de servir al Estado mediante la denuncia de su debilitamiento interior y los daños que le amenazan. Encuentra también en ella la forma de arte que mejor se adecuaba a su genio. Su obra histórica se basa en una información sólida, pues controlaba los trabajos y las memorias de escritores anteriores, los documentos oficiales y los archivos del Senado. Método riguroso que hace de su historia un juicio imparcial de los crímenes de la época inmediatamente anterior. Pero su objetivo es más moral que científico: no le interesan las cuestiones económicas ni sociales, sino los dramas de la corte imperial, los actores de estos dramas y el despertar de los pueblos bárbaros; al narrar estos hechos no podía su espíritu permanecer impasible. Su sensibilidad, su imaginación le arrastran a menudo a interpretaciones personales.

Sus preocupaciones literarias le empujan a veces a modelar la realidad según su gusto. Estas libertades pueden dañar algo el valor histórico de su obra, pero no su autenticidad humana y su belleza artística. Tácito ha sido un gran pintor por su visión dramática de la historia, por el relieve de los personajes que animan sus dramas. Gustaba del análisis psicológico: retratos vivos, impresionantes los que se desprenden de su relato, de los gestos, de los discursos. A través de estos retratos, Tácito alcanza en su análisis los caracteres permanentes del alma humana, cuyos repliegues escruta con penetración, con finura y a veces con demasiada sutileza, llevándole a sospechar que en todas partes existe el mal y la hipocresía. Pintura pesimista y sombría, nunca exenta de profundidad.

Su estilo, a veces efectista, está marcado por la sobriedad, que no quita nada a la potencia sugestiva de la evocación. Tácito se opone a la elocuencia ciceroniana: su frase es variada en su estructura, en todos sus elementos; es concisa, a veces hasta la oscuridad, pero siempre vigorosa. Imita a los poetas en el vocabulario, la sintaxis, el ritmo, el orden de las palabras; por eso su estilo es poético. Este arte no responde solamente a la moda, al gusto de su tiempo, expresa más bien el vigor y la pasión de un escritor que se vuelca enteramente en su obra.


Influencia en la literatura posterior

Desde el Renacimiento toma gran importancia el estudio de la historia. Se sirven sobre todo de la manera de trabajar de Tito Livio.